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Árboles
No son todos iguales, tienen varios rostros
si con la ansiedad del amor se los mira.
Árboles. Violines hacia el viento.
Si algo bueno ves en un árbol,
creo en un mundo más bondadoso.
Tocar el musgo, apretado entre los troncos,
las ramas, desnudas como almas en el cielo,
las hojas amarillas, durmiendo el sueño del otoño.
Su majestuosa belleza espetando
al invierno. O la calidez del verano,
que revienta en el pulcro follaje.
Racimos de árbol; parcos colores de un gigante
y viejo roble; y el pino, altivo, grácil,
refinado igual que los tenues grises entre las ramas.
Arrinconados en la ciudad, violentos en el campo;
en algún árbol humilde, quiso escribir
sus ternuras secretas el amor.
Pues dos corazones adolescentes han grabado
a las cifras mágicas de sus nombres.
Y el árbol saludó con las ramas;
al sol y a la luna. Nevaron unas hojitas,
la dama de pálido labio prendió
algún beso para la noche.
El padre, proverbial su fuego,
legó el toque de Midas a la aurora de oro.
Y yo veo a los nombres de esos años;
se pasan sus inocentes flechas, en la corteza;
allí, refugiado el amante latín de Ovidio.
Y las cartas de amor,
como páginas de una madera, donde las furtivas
sonrisas ríen a los frías inquietudes de la muerte.
Son los árboles. Cuando música llevan
los vientos, de sol o de luna.
Pues bajo las ramas de ellos,
si la vida es vida acaso,
es en donde vivimos;
allí también donde la muerte, por un momento,
tiene su lugar donde morir.
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